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NATIONAL GALLERY

Cine

NATIONAL GALLERY

CINE ESTRENO
Domingo, 3 Mayo, 2015 - 17:30
Teatro el Albéitar ULE

Sesiones: 17:30 y 21 h.
 
Entradas (5 €): a partir de media hora antes de cada sesión en taquilla
50% de descuento: Miembros de la Comunidad Universitaria, previa presentación del carnet universitario y DNI

 
 
National Gallery
 
Ficha técnica
Director: Frederick Wiseman
Fotografía: John Davey
Montaje: Frederick Wiseman
Sonido: Frederick Wiseman
Producida por: Pierre Olivier Bardet y Frederick Wiseman
Productora: Coproducción USA-Francia
Género: Documental / Pintura
Año: 2014
Duración: 175 min.
País: Francia / Estados Unidos
Distribución en España: Surtsey Films
Calificación por edades: Apta para todos los públicos
 
Ficha artística
Documental
 
Sinopsis
National Gallery se adentra en el museo londinense y propone un viaje al corazón de esta institución, poblada de obras maestras de la pintura occidental desde la Edad Media al siglo XIX.
Es el retrato de un lugar, su funcionamiento, su relación con el mundo, sus agentes, su público y sus cuadros. En un perpetuo y vertiginoso juego de espejos, el cine mira a la pintura, y la pintura, al cine.
 
Una metáfora del cine a través de la pintura
Fascinante trampa de ficción que trasciende la realidad y se convierte en un auténtico cuadro. Una metáfora del cine a través de la pintura.
Vincent Ostria – Les Inrockuptibles
 
Un film extraordinario
Un film extraordinario. Uno tiene la impresión de haber dilucidado algunos de los misterios más hermosos del arte.
Le Monde
 
Grandiosa, fascinante en su puntilloso detalle. Un privilegiado tour por el museo…
Grandiosa… La película es, al mismo tiempo, específica y global, fascinante en su puntilloso detalle y transportándonos sin embargo a alturas cósmicas. Es sobre el arte y su proceso, su economía y su misterio. Un privilegiado tour de tres horas por el museo... El toque de Wiseman es aquí ligero y la experiencia placentera, sumergiéndonos en lo que nos cuenta gracias a su maravillosa capacidad narrativa. Resulta, además, inesperadamente conmovedora.
Manohla Dargis – The New York Times
 
Un retrato vigoroso…
Meticulosamente hilvanada, intelectualmente compleja y dotada de profundidad. Un retrato vigoroso, un tributo a las maravillas de la expresión creativa. Un film sobre clásicos y su ilustre hogar que ha sido realizado, él mismo, por un maestro moderno.
Nick Schager – Village Voice
 
Uno de los obligados destinos turísticos a nivel europeo es la Trafalgar Square de Londres, una archiconocida plaza donde se juntan varios de los reclamos históricos y arquitectónicos más importantes de la capital británica, pero por encima de todos ellos destaca un centro artístico; hablamos de la National Gallery, museo que pertenece al Estado británico y en el que se exhiben más de dos mil pinturas europeas, entre las que se encuentran varios trabajos de los más reputados hombres de esta disciplina, como Velázquez, Rembrandt, Van Gogh o Da Vinci. Esta apuesta por la calidad es la principal seña de distinción de este centro de arte frente a otras alternativas, más aún cuando su futuro a largo plazo se presume al menos tan enriquecedor como su presente.
 
La razón de comentar todo esto en una página de cine es que el aclamado cineasta Frederick Wiseman ha realizado un documental sobre el mencionado museo con título idéntico al del centro: National Gallery. Y desde luego no es una obra de poco calado, ya que Wiseman dedica 180 minutos destinados a enseñar todo lo que da de sí la National Gallery; de puertas para fuera, tenemos las visitas guiadas para gente de todas las edades, talleres de pintura con modelos reales, danza improvisada; y de puertas para adentro, vemos como los mandamases del museo planifican la estrategia para captar visitantes, recabar fondos, estructurar la plantilla y, sobre todo, tenemos la oportunidad de conocer cómo los trabajadores llevan a cabo los procesos de restauración de aquellas obras que lo necesitan.
El estilo de Wiseman para narrar todo ello es tan básico como efectivo: colocar la cámara en el lugar de los hechos y dejar que fluya la acción. No se llega a escuchar la voz del entrevistador y tampoco se abusa de otros recursos como la superposición de imágenes con una melodía alegre. No, el director tiene claro que su obra debe de tener un ritmo tan pausado como natural, pretende que el espectador se sienta como si estuviera visitando el museo en persona. Y la misma actitud mantiene con la gente que desfila por delante de la pantalla, ya que apenas muestran atención a que alrededor de ellos hay alguien con una cámara grabando todo lo que sucede. Este estilo encaja totalmente con la filosofía del realizador, que ya en su primer documental, el polémico Titicut Follies, sorprendía por la capacidad que tenía para aparentar ser invisible y de ese modo recopilar la acción como si transcurriese cualquier otro día sin cámaras delante.
A bote pronto, tres horas parece un metraje demasiado extenso para un tema que en principio tampoco merecería tal extensión, dejando de lado la evidente importancia de la National Gallery en el contexto artístico internacional. Y en verdad, al final del documental uno tiene la sensación de que el montaje final se podría haber condensado en poco más de dos horas. Pero didácticamente es un film muy enriquecedor, especialmente para aquellos enamorados de la historia del arte y la restauración de obras pictóricas que tendrán aquí una ocasión inmejorable para deleitarse explorando las entrañas de uno de los museos más importantes del mundo occidental.
Evidentemente, no es un documental que pueda gustar todo el mundo. Aquellos que sólo tengan interés en conocer el museo como lo haría cualquier visitante, emplearán mejor su tiempo si esperan a acudir algún día a la capital londinense, ya que National Gallery tampoco permite excesivos deleites respecto a la contemplación de cuadros. Lo verdaderamente interesante de este documental es explorar lo que está al otro lado de lo visible, descubrir que cuando entramos en un museo y contemplamos las obras que allí se exhiben no somos conscientes de todo el trabajo que se ha tenido que emplear para que pudiéramos efectuar esa visita. Y si, además, Wiseman nos permite hacerlo de una manera directa y sin las típicas intromisiones que suelen conllevar este tipo de obras de no ficción (fundamentalmente por la acción del entrevistador), no se puede sino concluir que National Gallery es una obra destinada al regocijo de los apasionados por el tercer arte, a quienes pretendan dedicarse a la tarea de restauración y, por qué no, a cualquiera que tenga un mínimo de curiosidad por empaparse sobre todo lo que un centro de arte puede ofrecer.
Álvaro Casanova- Cine maldito
 
Descubrir y divulgar. Podría decirse que esas son las intenciones de Frederick Wiseman tras la cámara y, sin embargo, sería arañar apenas la superficie de aquello que buscan sus imágenes. Porque tras cada una de las inmersiones del realizador en las grandes instituciones del mundo, ya sea la Universidad de Berkeley, el Ballet de la Ópera de París o, en este caso, la National Gallery, late un profundo deseo por entender el espacio que está explorando.
 
Entender el espacio en un sentido trascendente para encontrar, en ese encuentro, una respuesta a la existencia del museo hoy en día en relación con el presente. Entender la institución desde el conocimiento de todas sus competencias hasta la manera en que interactúa con las personas. Este deseo de conocimiento exhaustivo podría ser la única manera de entender la enorme duración de los filmes (tres calculadas horas en esta película, más de cuatro en la exploración de Berkeley).
Acercándose a la diversa variedad de actividades que propone la National Gallery, y dedicando el suficiente tiempo a cada una de ellas, la mirada de Wiseman invita a pensar en el rol que ocupa la institución: la restauración y conservación de las obras, o el esfuerzo por integrar a todos los colectivos posibles en la experiencia artística. Pero la cámara del autor también se adentra en las reuniones del equipo gestor para alumbrar las contradicciones y los errores que también tienen lugar. La película confronta así, continuamente, la solemnidad de las expresiones artísticas que pueblan el museo a las dubitativas palabras del ser humano del presente. Y quizás sea ese mensaje el que más intensamente aparezca retratado: la idea de estar transitando un lugar importante porque, a través de sus poderosos ecos del pasado, aún es capaz de cuestionar el presente para inspirarlo y hacerlo avanzar.
National Gallery parece atravesada por una decisión de montaje que condiciona la película por completo: que cada plano se detenga el tiempo justo ante cada cuadro. Wiseman parece evitar un cierto sentido contemplativo que pueda invitar a pensar en una simple visita guiada. Y uno de los grandes placeres del filme es la forma en la que se detiene a escuchar los relatos de los guías del museo, pero la imagen nunca permanece fija. El realizador insiste en recordarnos que somos espectadores del lugar y de todas sus formas, y no clientes virtuales del museo: la mirada es otra, una más global, omnipresente. De ahí la belleza que transportan sus imágenes y la manera de entenderlas bajo una perspectiva comunicante. Esa fluidez del montaje rehuye el acercamiento al lugar como si se tratase de un mausoleo. En su lugar propone el encuentro con un lugar vivo, un lugar que invita a tomar parte activa bajo una relación asombrosamente cercana, nunca desde la distancia del tiempo.
En su tramo final, mientras el filme explora las relaciones entre pintura y literatura del mismo modo que lo hará luego entre pintura y danza, una poeta reconoce sentirse aprisionada por las palabras, su gran herramienta expresiva pero también su gran limitación a la hora de transmitir sus sentimientos. A partir de ese encuentro con la artista, las imágenes cambian y parecen escudriñar aún más interrogantes. Las palabras de la poeta han revelado, en cierta manera, el enorme abismo existente que separa el presente del momento en que fueron hechas las más de dos mil obras contenidas en el museo. Las imágenes de National Gallery pretenden tender un puente entre ambos momentos del tiempo, como si el cine pudiese retratar la ausencia de un tiempo pasado y confrontarlo a todas las preguntas que nos surgen hoy, al enfrentarnos con esa bruma en la que está envuelto el ayer. Wiseman recorre por última vez algunos de los cuadros de la galería buscando retratos, primeros planos, miradas que atraviesen la pintura. La cámara del realizador descubre que la llama de aquellas miradas centenarias continúa iluminando a sus visitantes. Una llama que nunca se extinguió. 
La butaca azul
 
 
El Festival de Cine Europeo de Sevilla ofreció en su undécima edición grandes propuestas cinematográficas de directores consagrados como Alain Resnais, de quien se presentaba su obra póstuma Aimer, boire et chanter, o Bertrand Bonello, que tras la maravillosa L’Apollonide, se aventuraba con  Saint Laurent, heterodoxo biopic del modisto francés.También se presentaron títulos de jóvenes talentos españoles,como Las altas presiones, de Ángel Santos, o Sueñan los Androides (Androiden Träumen), de Ion de Sosa.
 
Sin embargo, entre todas ellas, destacaba un nombre y un título que podrían ser de máximo interés para los lectores de Underdogs: Frederick Wiseman y su National Gallery.
El director de cine documental, acostumbrado a retratar instituciones de gran prestigio, decidió fotografiar el museo de arte londinense. Su último proyecto dibuja la National Gallery desde diversos prismas, pero siempre desde una posición de observador, aunque en el fondo no sea así. Un director dirige.
La película es un puzzle del museo, disponiendo diversas escenas que presentan diferentes elementos que forman parte de un todo. Frederick Wiseman muestra un seminario en el que un grupo de ciegos está estudiando el Boulevard Montmartre de noche de Camille Pissarro, y asiste a una clase de pintura con modelos. En otra ocasión, acude a la inauguración de la exhibición Turner Inspired: In the Light of Claude y muestra el proceso de gestación e instalación de las exposición Leonardo da Vinci: Painter at the Court of Milan.
Además, se pueden ver los intestinos de las obras con las interesantísimas explicaciones de los restauradores y observar cómo un comisario de exposición es entrevistado.
Son especialmente gozosas las escenas de grupos, de diversas nacionalidades y edades, frente a un cuadro, escuchando las curiosidades que el guía les está explicando. Sansón y Dalila, Enrique VIII, El Triunfo de Pan o Vermeer son expuestos ante un público que escucha impaciente.
A lo largo de la película, el espectador no puede evitar pensar dónde había estado aquel cuadro, en la luz, en el por qué y en el cómo.
También aparece aquel visitante que intenta plasmar humildemente (o no) en su libreta a los grandes pintores, y se observa a unos activistas colgando una pancarta en la fachada del museo que reza: “No es un cuadro al óleo. Salvemos el Ártico”. Da que pensar.
La parte interna del museo se ve representada por secuencias de reuniones de los jefes de departamento, que reflexionan sobre las necesidades del público al que se le ofrece una obra de arte, que debaten sobre qué tipo de publicidad e institución quieren ser o que comentan presupuestos.
El documental reflexiona sobre el arte y para el arte, viéndolo como conocimiento de la humanidad, como algo estético y comunicativo. Es el misterio de la intención del artista.
La pintura es una fotografía que sirve para captar, para representar. Es aquella disciplina que engloba muchísimas otras, como la historia o la literatura.
Habla sobre el cuadro en sí, que es ambiguo y cambiante con el tiempo. Cuadros que muestran una cosa y que pueden representar otra. Una historia en una imagen.
Tras tres horas de maravillosas secuencias, el documento se cierra con una pieza de una pareja de bailarines. Posiblemente, esta esté inspirada en las obras de Tiziano y sea fruto de la exhibición Metamorphosis: Titian 2012, en la que se mostraba cómo las obras maestras de Tiziano continúan inspirando a artistas vivos. Además, en este evento colaboró The Royal Ballet.
Y es bello que se cierre así. Porque en el fondo el arte lo es todo y es un todo. Es deleite, conocimiento, aprendizaje, vida. Es cultura. Es algo necesario. Casi tan necesario como el Ártico.
Patricia Salvatierra – Underdogs
 
 
La máquina Wiseman funcionando a pleno, o lo que es lo mismo: la refutación, la excepción a la regla que niega la posibilidad de la mosca en la pared para el registro documental. La excusa esta vez es la National Gallery, la centenaria pinacoteca británica ubicada en Trafalgar Square. El comienzo es el de siempre: la ciudad, el barrio, la plaza, el edificio elegido tomado desde el exterior, desde la visión pública, y el ingreso para no volver a salir. Una vez allí, no habrá nada nuevo en el método utilizado, y nadie debería pedirle tal cosa tampoco, vistos los resultados: el mismo registro paciente de siempre para con todos los elementos que hacen a la vida de una institución de semejante tamaño, y una cámara-escalpelo que se vuelve invisible, logrando que todas las puertas se abran. Todos hablan o se muestran por si mismos, sin entrevistas ni intertítulos, conformando un puzzle que lenta pero fluidamente se va ensamblando hasta construir la imagen total. Así, es posible ver desde las discusiones del directorio acerca de las partidas presupuestarias hasta el trabajo del personal de limpieza, o  ese artesano que, con el mismo amor y obsesión del propio cineasta, fabrica marcos de cuadros con las técnicas propias de varios siglos atrás.
Sin embargo, en National Gallery algo novedoso se filtra, algo que se aparta del habitual foco sobre la dinámica funcional de la institución elegida y que se desplaza hacia el propio material del que dispone el museo, cuando las discusiones sobre la representación en la pintura ocupan el centro de la escena. Eso también es parte de la maquinaria usual de Wiseman, su razón de ser, si se quiere: que la tersura de las imágenes, que su amabilidad sin condescendencia establezcan un diálogo entre el adentro y el afuera de la película, un camino de ida y vuelta entre la representación y lo representado (y aquí contaba con un extraordinario material visual, en esos cuadros que tanto como piden ser mirados también obligan a una reflexión sobre la propia mirada). Por eso también es que al director del museo le bastan un par de apariciones para convertirse en el centro gravitacional alrededor del cual los demás giran: cuando se empeña en no aceptar que la maratón de Londres termine en las escalinatas del edificio, porque eso afectaría al público de la Galería; o cuando irónicamente propone que la institución celebre el Año Nuevo Chino, lo que está haciendo es establecer una discusión en torno a los alcances de la masificación de las actividades de una institución cultural, en tanto y en cuanto hagan o no mella en la calidad y en el rigor de las mismas. Frente al avance incontenible del marketing y la publicidad, hay un punto en el que lo que queda es resistir. Ni más ni menos que el mismo tipo de resistencia silenciosa pero tenaz que nos propone Wiseman con su cine.
Sebastián Rosal – Rock & Pong Cine
 
Frederick Wiseman
Es probablemente uno de los más grandes documentalistas vivos. Nacido en Boston en el seno de una familia judía, Wiseman llegó al cine documental después de acabar su formación como abogado. El primer largometraje producido por Wiseman fue The Cool World, en 1963. En sus documentales ha presentado a cientoficos que experimentan con monos (Primate), a reclutas del ejército (Basic Training), la actuación de una patrulla en la detención de una prostituta, que deviene cen un espeluznante caso de brutalidad policial, en Ley y orden (Law and Order, 1968), o La danza (2009), una incursión en el Ballet de la Ópera de París. Siempre utiliza película de celuloide y nunca ha filmado en digital.
Ganador de 4 premios Emmy, Wiseman es el primer documentalista galardonado con el León de Oro honorífico del Festival de Venecia. Su trabajo más reciente es National Gallery, que presentó en el pasado Festival de Cannes.